Hablar de historias y no de Historia, es la cuestión

Si para muchos las Matemáticas son las “difíciles”, Historia entraría en la categoría de “aburrida”. Eso es, al menos, lo que nos dicen los estereotipos mejor conocidos e infortunados de todas las materias que llevamos en el colegio. Invaluables herramientas para la vida, ambas necesitan de alguien que se pronuncie a su favor y remedie el mal concepto en el que se les tiene. Siendo la Historia la que me apasiona, me tocará abogar por ella.

¿Por qué ya desde jóvenes mostramos desinterés por nuestro pasado colectivo si este goza de los mismos atractivos que una novela o película que nos transporta a otro tiempo, persona y espacio? Me parece una paradoja, y de las más increíbles. Por un lado, mucho se ha dicho que nuestra especie tiene especial predilección por contar y conocer historias, por otro, que como seres sociales tendemos a imitar conductas. Lo menciono porque pareciera que la segunda adaptación evolutiva, la de la imitación, es tan poderosa que cancela el gusto único del ser humano por los relatos.


Si nos aventuráramos a hacer una especie muy rudimentaria de psicoanálisis, veríamos que, en su mayoría, el escaso gusto por la Historia se remonta a las poco favorables opiniones de nuestros congéneres respecto a ella, ¿acaso adoptamos de forma inconsciente la misma postura para pertenecer al grupo? Podría ser una explicación, pero mi hipótesis va más en relación con que el problema inicia en el salón de clases. No por los maestros ni por los libros de texto, pues muchos de ellos son buenos, sino por el modo tradicional de evaluación.


A juzgar por las hojas de respuesta de los exámenes, lo importante para los alumnos es aprenderse fechas, nombres y lugares. Basta con que escriban Miguel Hidalgo y Costilla, 1810, Grito de Dolores, y quizá unos cuantos datos más, para que el sistema acredite que el estudiante conoce, comprende y valora la lucha de independencia de su país. Pero en esa ambición por simplificar la materia, lo que el sistema hace es convertirla en tediosa. De manera que no me extraña que a muchos les disguste, si desde chicos les pidieron memorizar cifras de cuatro dígitos que no dicen mucho, lugares sin accidentes geográficos y nombres que carecen de personalidad.


Por tradición, es decir por continuación de un patrón, en el estudio de la Historia se ha privilegiado el qué y el cuándo por encima del CÓMO, o en otras palabras, la memorización sobre la experimentación (sin una máquina del tiempo disponible, la manera de hacerlo sería a través de las emociones). De ahí que pienso que a la Historia le hace falta una buena dosis de narrativa o storytelling, como le dicen los literatos anglosajones, quienes a propósito abrevian el secreto para que una historia resulte atractiva en su máxima: “Show, don’t tell”. Lo que esta nos dice es que para que un relato produzca impresión (todo menos indiferencia) en el oyente o lector, deberá ir acompañado de una adecuada descripción pero sobre todo de una clara intención en el modo de contar para que otros experimenten las sensaciones y acciones de la historia.


¿Y de qué modo aplicarlo en la enseñanza de nuestro pasado? Para empezar, como he dicho, describir a detalle, como si nuestras palabras ilustraran las imágenes que vemos con una cámara de cine. Siguiente, definir la estructura de la historia. Recordemos que todas llevan un inicio (razones, intenciones y motivaciones para realizar una proeza, iniciar una lucha, etc.), un conflicto (elemento omnipresente, de no haberlo viviríamos en el paraíso), y un final (en qué acabó y cuáles fueron sus consecuencias). Por último, y quizá lo más importante, el desarrollo de los personajes, ya se trate, por ejemplo, de Moctezuma, Cortés, Napoleón o María Antonieta, con sus respectivos pensamientos, miedos, ilusiones y demás facetas de su personalidad que nos hacen empatizar con ellos. Esto nos puede llevar a especular un poco (no del todo, y a veces nada, más adelante veremos la razón), lo cual me parece válido hasta cierto punto. No en vano los autores de novelas históricas emplean esos recursos para atraer y cautivar a un mayor número de lectores, sin descuidar, por supuesto, el rigor, pues nada justifica que inventemos lo que nunca sucedió. En el caso de la Historia y no del género de la novela histórica, se trata simplemente de detallar y añadir tensión para contextualizar. El qué y el cuándo no transmutan, salvo que se demuestre lo contrario, no así el cómo, lugar en que reside la recreación emotiva de la historia, la que por supuesto tuvo mil y un sentimientos encontrados.


Pocas líneas arriba mencioné que no siempre hace falta especular para ambientar y agregar tensión. Cartas y diarios son recursos valiosos (tanto del mismo personaje como de sus allegados, porque no es lo mismo la percepción propia a la ajena, que puede estar equivocada, o bien, señalarnos algo que negamos ver de nosotros mismos). Aportan, por tanto, variadas versiones del mismo momento. Recabar y analizar esas fuentes de íntima información constituye uno de los grandes retos del historiador.


Entonces, así como un lector de Literatura puede reconocer que la gente de hace dos milenios pensaba y sentía de manera muy similar a nosotros, de igual manera observar el panorama completo de un período, en lugar de detenernos en una “instantánea” con pobre definición, permitirá que más pronto identifiquemos las conductas o patrones que se repiten en nuestra época, casi siempre disfrazados, y que amenazan con llevarnos por caminos indeseables. De ahí que romper con la herencia de una Historia “aburrida”, o con la jerarquía de fechas, nombres y lugares, nos ayude a alejarnos del bucle que lleva a repetir nuestro pasado.


La Historia es una gran escuela para la vida, por favor, no la menospreciemos. Lo mismo para la Genealogía. Nuestra historia familiar arroja luz sobre aspectos aún más particulares de nuestra persona y promete la misma dosis de sabiduría. Sólo hace falta acercarse un poco para darse cuenta. Aquí va de nuevo mi comentario: no es inusual que las historias se repitan. Y para nada es condena o destino, sino, en parte, una falta de conocimiento sobre nuestra historia. A veces las costumbres están tan arraigadas en el seno familiar que no somos plenamente conscientes de su impacto sobre nosotros. Estudiando la historia es como aprendemos a reconocer patrones, y mejor todavía, la génesis de ellos, clave fundamental para el cambio que merecemos.

Regresando al tema de los exámenes, propondría que los maestros de Historia evaluaran a sus alumnos pidiéndoles que narraran con sus propias palabras un relato de nuestra memoria frente a sus compañeros, sentados alrededor suyo, justo como lo hacían nuestros ancestros. Así no sólo resurgirá la magia del pasado sino que desarrollarán más habilidades comunicativas.


Para finalizar, reconozco que Historia con “H” mayúscula puede ser abrumadora en ocasiones. Cierto que es vasta y compleja. Por eso prefiero que se hable de historias: con protagonistas y antagonistas tan bien caracterizados como nuestros amigos, vecinos o nosotros mismos; con retos y conflictos tan desafiantes como los de ahora, y con acciones tan vívidas que aun sin poder verlas, mantengan bien abiertos nuestros ojos y aceleren nuestros latidos.


Por Enrique Agraz

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