Origen de los nombres y apellidos

April 8, 2020

Hemos de remontarnos al nacimiento de las palabras, al momento en que los sonidos dejaron de balbucearse y se articularon para gozar de un sentido…Adán se encuentra en la cima de una alta montaña. Fascinado llama a cada criatura y cosa del horizonte como le place. El encanto que podría prolongarse eternamente se rompe con el fruto de la tentación. Adán se ha dado cuenta de que no bastan los nombres para que el tigre le sea fiel, el mar asible, o que el conocimiento le sea otorgado sin esfuerzo. Nombrar le ha dado la falsa impresión en su mente de poder controlarlo todo. La ilusión le despierta un instinto extraño de dominación, deseos seductores de tirano que no compaginan con el paraíso espiritual. Corrompido y sin otro remedio, es expulsado y condenado a vivir con su voracidad.

 

Traspuestas las puertas del edén surge la idea del yo, separado del tú y de ellos. En una tierra que le es hostil, los hombres rupestres desarrollaron una ferocidad semejante a la de los animales más temibles. Las primeras comunidades reconocieron a estos miembros temerarios con la figura del león, a los astutos con la del lobo, y a los corpulentos se les comparó con los osos. Eran tiempos inmemoriales, en que el humano no nacía con nombre propio sino que lo forjaba con las hazañas de su vida. Cada sociedad, en su dialecto, asignaba nombres como “Corazón de León” al que hubo liderado una batalla victoriosa, “Gran Toro Sentado” al que imponía con la pura voz, o el de “Liebre Temblorina” para el cobarde.

 Con el crecimiento de las poblaciones y el cultivo de la tierra, los rituales para conjurar la lluvia y el sol se sofisticaron y nuevos dioses entraron en escena. La práctica ahora consistía en confiar el destino de los niños a un dios o espíritu guardián desde su alumbramiento. Por supuesto que muchos padres desearon que sus hijos gozaran de la protección del dios de la guerra en los futuros combates. Los antiguos latinos le llamaban Mars o Marte, así que al neonato se le imponía el nombre de Martinus.

 

Los descendientes de estos guerreros formaron civilizaciones cada vez más complejas y numerosas. Las confusiones entre sujetos del mismo nombre no eran pocas y pronto surgieron nuevos sistemas para identificar a las personas.

 

Roma concibió un intrincado sistema de leyes que favoreció la figura del padre: la patria postestas. Mientras viviera, el jefe de familia ejercía control absoluto sobre su familia y la misma prerrogativa se extendió al uso de los nombres en su linaje.

 

Volvamos al caso de Martinus.  De acuerdo a la nueva tradición, su familia pasaría a llamarse como su nomen y todos sus hijos, nietos y demás descendientes serían bautizados en segundo lugar como Martinius (Martinus + ius que viene de filius= hijo de Martinus). Este fue el primer uso de los apellidos. El origen etimológico se encuentra en el verbo latín appellare, es decir, recurrir a su fundador.

 

Martinus procrearía muchos hijos, y el júbilo lo llevaría a ingeniar nuevas formas de nominación. Cuando recibió en sus brazos al más joven de sus vástagos perpetuó el hecho imponiéndole el praenomen de Octavus, o sea el octavo en orden de nacimiento. El cognomen vendría a completar el tria nomina (el sistema de tres nombres romano). La cabellera rubia de Octavus facilitaría completar la tercera parte con el mote de Flavus (amarillo). Así a este joven ciudadano romano se le conocería como Octavus Martinius Flavus.

 

Con la caída del imperio y la imposición de las costumbres atávicas de los bárbaros se abandonó el sistema tripartito y se favoreció el uso de un solo nombre. Una vez más la guerra jugó un rol fundamental en la vida de pueblos como los visigodos, y un nombre como Gundisalvo fue común entre ellos (“El que rescata en la batalla” de Gund, batalla y salvo, rescatar).

Alrededor del siglo IX d.C. el número de soldados había crecido considerablemente. No sólo era difícil determinar en un listado de nombres iguales las obligaciones de cada quien, sino que algunos de los reclutados ya gozaban de derechos hereditarios por las proezas extraordinarias de sus padres o simplemente se enorgullecían de su reputación. Esto motivo que se re-adoptara la presentación del onomástico seguido de la filiación: Martinus filius Gundisalvus (Martinus hijo de Gundisalvus, nótese la latinización de Gundisalvo). Paulatinamente la extensión se fue acotando a Martinus Gundisalviz, con el “iz” para prescindir del “filius”, hasta Martín González (Martín hijo de Gonzalo).

 

Por los motivos expuestos, el empleo del patronímico (de páter=padre y onoma=nombre) se limitó inicialmente a las clases bélicas pero, como toda costumbre, terminó por extenderse al vulgo. La estimación y el legado de los antepasados sumó a la tradición la de llamar al primogénito como el abuelo paterno y al segundogénito como el materno.

 

Los apellidos compuestos se originaron a partir del reparto de tierra por las reconquistas cristianas en la península ibérica. Fue el caso de Ruy Núñez (Ruy hijo de Nuño) que adoptó el nombre de Ruy Núñez de Guzmán por la fortaleza, así llamada, que le había otorgado el rey a su familia por su participación en la lucha contra los sarracenos. Otro ejemplo, no ligado a la concesión de tierras pero sí de gran valor en el campo de batalla fue el de mi apellido, Agraz, concedido al caballero que probó su heroísmo contra los moros en un campo de viñas cuyo fruto estaba en agraz.

 

Por moda y practicidad, nuevamente el pueblo siguió los hábitos de las élites y de las clases combatientes. Así para distinguir a Juan Sánchez, de Juan Sánchez y de Juan Sánchez. Al primero que vivía a un lado del río, le pusieron Juan Sánchez del Río; al segundo que era de tez oscura le denominaron Juan Sánchez Moreno, y al tercero que trabajaba los metales le nombraron Juan Sánchez Herrero. Se aprecia como los accidentes geográficos del terreno donde se vivía (Río, Arroyo, Peña), las características físicas (Moreno, Crespo, Delgado, etc.) o el oficio (Herrero, Zapatero) determinaban la caprichosa transformación de los apellidos.

 

Pero si Juan Sánchez Moreno emigraba de la villa de Zaragoza a la de Toledo, que era lugar más poblado, y se encontraba con otro Juan Sánchez también Moreno. El extranjero se veía obligado a cambiar su nombre por el de Juan Sánchez de Zaragoza con tal de diferenciarse del local. La novedosa variedad de apellidos relegó a los patronímicos hasta que se suprimieron en la mayoría de los compuestos.  

 

Situación similar a la anterior fue la de los conquistadores españoles llegados a América. Si en las filas de soldados existían dos Martín Pérez, uno podría optar por distinguirse con su ciudad natal y el otro con su gentilicio: Martín de Sevilla y Martín Navarro (de Navarra) respectivamente.

 

A los indígenas de los virreinatos se les despojó de su nombre originario para llevar unos cristianos. El apellido podían tomarlo de sus nuevos encomenderos europeos (señores o “protectores” de ellos), pero lo más frecuente es que se les designara un patronímico común, el onomástico de otro santo o un símbolo religioso: San Juan, Santa María, de la Cruz. De vuelta en el viejo continente, lo mismo ocurrió con judíos y musulmanes que para demostrar que su conversación a la fe católica era completa adoptaban apellidos de alusión cristiana.

 

El desorden en el uso de los apellidos, que imperó por centurias, encontró su correcta regulación en las disposiciones derivadas del Concilio de Trento (1545-1563). Por bula papal, los apellidos habrían de transmitirse tal cual de padres a hijos, y los datos de esos ascendientes consignarse debidamente en los libros de partidas bautismales y matrimoniales.  

 

Las medidas demoraron en afincarse pues aún entre miembros de la misma familia continuó utilizándose distinto apellido. Ejemplo son los Garza y Treviño del norte de México, Garza eran por el papá y Treviño por la mamá pero cada hermano eligió el que más les convino. Era costumbre también que las mujeres llevaran por apellido el de las abuelas.   

 

De unos cuatrocientos años a la fecha, diríamos que ha habido un uso constante de los nombres de familia, exceptuando el caso de niños expósitos (abandonados y antes apellidados con ese término), adopciones, castellanizaciones y otras circunstancias puntuales.

 

Por último, se ha flexibilizado la norma para que en algunos lugares se utilice en primer lugar el apelativo materno y la asimilación de sistemas de nomenclatura extranjera por la amplia globalización.

 

Los nombres y apellidos siempre entrañan un lugar al cual visitar, aventuras que recordar o valores a celebrar. Nos invitan a rescatar tradiciones, a trabajar talentos escondidos y a encontrar apoyo en sus relatos. Por muy antiguos que nos parezcan, son parte ineludible de nuestra historia y de las interacciones sociales de nuestras vidas ¿Sabes de dónde viene tu apellido?

 

Por:

Enrique Salvador Agraz Villarreal

 

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Bibliografía:

  1. De los Ríos y de los Ríos, A.. (1871). Ensayo Histórico Etimológico y Filológico sobre los Apellidos Castellanos desde el siglo X hasta nuestra edad. Madrid: Imprenta de Manuel Tello.

  2. Muñoz-Altea, F.. (2016). Blasones y Apellidos. México: Grupo Impresores.

  3. Sebastián-Elián, J . (2001). El gran libro de los apellidos y la heráldica. Barcelona: Ediciones Robinbook.

  4. Avial-Chicharro, L. . (2018). Breve historia de la vida cotidiana del Imperio Romano Costumbres, Cultura y Tradiciones. Madrid: Ediciones Nowtilus.

     

     

     

     

     

     

     

     

     

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