Los ancestros y primos extintos del homo sapiens

July 9, 2020

Cuando en 1974 se dio a conocer el hallazgo de “Lucy”, un espécimen femenino que pertenecía al género de los Australophitecus, considerado antepasado remoto del ser humano, ya no fue escándalo sino revuelo. Más de cien años habían pasado desde que Charles Darwin nos había hecho la idea de que pertenecíamos al mismo árbol genealógico que los simios.

Echando mano de fósiles hallados en diversas partes del mundo, desde estructuras óseas hasta huellas, de diversos tipos de herramientas de piedra y de la última tecnología en genética, los científicos han continuado el desafiante descubrimiento de nuestra historia evolutiva.

 

Hace unos 6 millones de años, durante el Mioceno, en algún lugar de la selva africana (hoy tal vez parte del Sahara) vivió el último ancestro en común de los humanos, los chimpancés y los bonobos. Esto de acuerdo a cálculos basados en mutaciones genéticas a lo largo del tiempo. 1

 

Los cambios climáticos que sucedieron en la siguiente etapa geológica, el Pleistoceno, desecaron las regiones repletas de floresta y transformaron aquel paisaje exuberante en pequeños espacios de arboleda con largas planicies entre sí. Lo anterior dio lugar primeramente a un aumento en la temperatura del suelo, que sobretodo resentían los animales que caminaban en cuatro patas. Segundo, a una necesidad de ver por encima del alto pasto que crecía en esos páramos con el fin de percatarse de la presencia de los depredadores (cualquier gran felino, por ejemplo). 1

 

Resulta que nuestros primeros antepasados, los patriarcas de la gran familia de los homininos, a la cual pertenecemos, estaban convenientemente preparados para adaptarse a ese nuevo entorno. Lo que distingue a esta primera rama que se separó del tronco común con los simios, es que eran bípedos, es decir que caminaban en dos patas. Dentro de este grupo se incluye a Sahelanthropus tchadensis (que vivió hace 6-7 millones de años, probablemente el primer eslabón apartado de la familia de los simios) y al grupo de los Ardipithecus ramidus (hace aprox. 4.5 millones de años, quizá el más reciente de estos homininos, y antepasado directo de los Australopithecus). Ambos eran muy parecidos a los simios en cuanto a tamaño craneal (350 cm3) y a facciones, pero con cambios significativos en la mitad inferior del cuerpo que indican que su postura fundamental era la de bipedestación (pelvis más estrecha con una cadera proyectada hacia delante, y ángulos femorales y poplíteos característicos). 3

1. Esqueleto de Ardipithecus ramidus. Se aprecia el primer dedo del pie abducido, necesario para caminar sobre las ramas de los árboles. Referencias de las fotos al final del texto.

 

Se piensa que, anteriormente cuando el continente africano estaba repleto de árboles, los homininos desarrollaron la capacidad de pararse sobre sus miembros traseros con el fin de acceder a los frutos de las copas o para escalar a ramas más altas con las cuales aproximarse a estos. Así que, llegado el momento, no les fue difícil apartar su tórax del calor que rebotaba del suelo, ni de alzarse para avistar antes a las amenazas o, lo que derivó en el siguiente avance, tener sus manos libres para cargar con la comida que encontraban y llevarla hasta su hogar en los árboles. Esto propició cambios en su conducta reproductiva. Las hembras preferían a los machos que les traían más comida (hasta entonces eran básicamente herbívoros), y al alimentarse mejor pudieron acortar su intervalo reproductivo, es decir que empezaron a tener más hijos.2 De la noche a la mañana, los machos que no eran considerados alfa tuvieron la oportunidad de pasar sus genes, y así, con el transcurrir de las generaciones, los homininos demostraron un menor dimorfismo sexual (diferencias en tamaño u otras características corporales entre sexos) que sobre todo se aprecia en el registro fósil como la disminución en el tamaño de los caninos. Así mismo, derivado de esta relación entre alimento y mayor capacidad reproductiva, comienza a darse una mayor cooperación social: algunos tomaban la posición de vigías mientras otros se tomaban el tiempo de recolectar vegetales o hasta la carroña abandonada de los carnívoros. Con el tiempo, ese modo de subsistir les fue más provechoso, y optaron por bajar de los árboles para hacer su vida en la tierra. Así tenemos al siguiente gran género, los Australopithecus, quienes a diferencia de Ardipithecus ramidus y de los homininos que les antecedieron, tenían el primer dedo del pie alineado con los demás, esto quiere decir que ya eran bípedos obligados (previamente lo disponían hacia fuera (abducido) para prensarse de las ramas arbóreas) pero aún portaban brazos alargados, vestigio de cuando los usaban para colgarse. Dentro de ellos tenemos a varios exponentes: australopithecus anamnesis (4 millones de años), a. afarensis (3.4 a 2.9 millones de a.), a. robustus (2.5 millones de a.), a. africanus (2.5 millones de a.), a. sediba (2 millones de a.) y otros que se han ido descubriendo. 1,3

2. Modelo de un Australopithecus afarensis masculino.

 

La novedad de ser omnívoros (las proteínas son excelentes nutrientes) fue lo que probablemente impulsó al siguiente gran salto en nuestra evolución. Los descendientes de los australopithecus comenzaron a tener una dentadura más pequeña y se les adelgazaron los músculos a los lados de la cara (requerían menor esfuerzo para masticar carne a comparación de otras hierbas duras, lo que a largo plazo afiló sus rasgos). De igual manera, la longitud del intestino (un órgano muy costoso en términos metabólicos) se acortó, ya que la proteína era más fácil de digerir que la fibra vegetal, lo que permitió que pudieran desviar una gran cantidad de nutrientes hacia su cerebro. 1

 

Es así que hace 2.5 millones de años surgen las primeras herramientas de piedra y con ello se marca el hito de aparición del género homo, el del humano. Los primeros artefactos eran generados sin mucha planeación o cuidado, pero pronto (a lo largo de miles de años) se fueron sofisticando a la par del intelecto de sus creadores. El primer exponente de nuestro género fue el homo habilis, que vivió hace 2.3 hasta hace 1.4 millones de años, y que ya empleaba estos utensilios para romper la cortical de los huesos y cráneo de los animales cuyo interior codiciaban por ser ubérrimas fuentes de alimento: la médula ósea y el cerebro. Estos órganos son abundantes en ácidos grasos, esenciales para el desarrollo y mantenimiento de nuestro sistema nervioso. Se afirma que esta adición a la dieta potenció el boom de nuestro cerebro, y por ende, de nuestras capacidades cognitivas. 1 Lo que viene a enaltecer la frase de “somos lo que comemos”.

 

En esta coyuntura es que aparece el homo erectus, el primer gran cazador y ancestro en dejar su natal África, que se alzó por primera vez hace aproximadamente 1.8 millones de años. Restos de ellos se han encontrado en puntos tan distantes como Dmanisi, Georgia, el sur de Europa, hasta la isla de Java en Indonesia (a la que podía transitarse por tierra desde la masa continental). Esta flexibilidad para adaptarse a entornos nuevos, en condiciones climáticas tan disímiles, hace cuenta de un empleo del fuego (distinto a decir que lo controlaban), posiblemente de la acción de cocinar, y de otras muestras de inteligencia que paulatinamente los acercaron al potencial de nuestra especie. A lo largo de su existencia su cerebro aumentó de volumen, desde los 750 cm3 hasta 1250 cm3 (el del ser humano moderno comprende en promedio 1400 cm3).4 Aunque no llegó a emplear un lenguaje, los homo erectus fueron muy sociales. El hecho de que los bebés humanos tuvieran un plan de desarrollo cerebral mayor, aunado a que nacían en una etapa de madurez más temprana respecto a otras especies debido a la estrechez de la pelvis femenina, producto de la bipedestación, significó que fueran dependientes de sus padres por un lapso mayor de tiempo y, por tanto, que la familia, núcleo de la sociedad, se consolidara. Otros motores de cooperación fueron las jornadas coordinadas de cacería.1 Al homo floresiensis, descubierto en la isla de Flores, en Indonesia, en el año 2003, caracterizado por su metro de estatura y un cerebro muy pequeño (426 cm3), se le considera descendiente directo del homo erectus. Hace aprox. 45,000 años, cuando el ser humano moderno llegó a esa región se encontró cara a cara con su primo vivo más lejano, el homo floresiensis. Se cree que esta especie evolucionó aislada en la isla de Flores por alrededor de un millón de años. No obstante, otros piensan que estos hombres diminutos en realidad eran homo sapiens que padecían alguna enfermedad que detuvo su crecimiento. 4

3. Representación del aspecto de un homo erectus femenino.

 

Los homo erectus en África dieron origen hace 700,000 años al homo heidelbergensis, aún más parecido en cuanto al físico y en habilidades al homo sapiens. Sus herramientas eran mucho más estilizadas y obedecían un patrón. Finalmente, lograron controlar al fuego hace alrededor de 400,000 años.3

4. Representación de un homo heidelbergensis.

 

Al igual que su padre, el h. Heidelbergensis migró a diversos confines de Eurasia. En la parte europea evolucionó en los icónicos neandertales, hace 250,000 años, y en Asia dio lugar a los denisovanos (recientemente descubiertos por pruebas genéticas en fósiles atribuidos a neandertales, y que vivieron hasta hace unos 40,000 años).4 Los primeros eran muy parecidos a los humanos, en cuanto a tamaño cerebral y comportamientos complejos: construían herramientas refinadas y algunos creen que empleaban cierto tipo de lenguaje y que enterraban a sus muertos. Sus rasgos eran más toscos como adaptación a los entornos helados, la razón es que sus senos paranasales (maxilares, frontales, etc.) aumentaron de tamaño para calentar y humidificar el aire frío y seco de la Europa de la edad de hielo. Entonces su mandíbula creció hacia delante para encajar con ese rostro prominente. También eran más bajos que los humanos, con piernas flexionadas por la enorme fuerza de sus músculos, esencial en aquel entorno hostil. Aún a pesar de estas diferencias, cuando el hombre anatómicamente moderno apareció en el África subsahariana hace 200,000 años (como descendiente del h. Heidelbergensis que había permanecido en el continente) y salió de su cuna 100,000 años después, se cruzó ocasionalmente con los neandertales y tuvieron hijos fértiles (lo cual subraya que a pesar de los miles de años que vivieron separados y de su desarrollo paralelo, venían siendo de la misma especie). Estos mestizos son ancestros nuestros (todos los humanos que tienen antepasados de fuera de África llevamos, en promedio, 2% de ADN neandertal).1

5. Representación de una mujer del neolítico

 

Hace 60,000 a 40,000 años, tuvo lugar la última gran revolución cognitiva de nuestra especie. Restos arqueológicos que hablan de la adopción de un pensamiento simbólico permanente (figuras antropomórficas talladas en hueso, por ejemplo) aparecen alrededor de esa fecha.5 El origen del lenguaje es un tema polémico y las conjeturas son bastante variables, unos estiman que vio sus inicios hace 250,000 años y que llegó al nivel de complejidad de las lenguas actuales hace 40,000, fecha que se toma para hablar del nacimiento de la consciencia.4 Se considera que el motor para su aparición fue la convivencia en grupos sociales numerosos. La consciencia vino acompañada de la imaginación, del arte y, en seguida, de la religión. Fue a partir de esta que comenzamos a preguntarnos el cómo habíamos sido creado pues, a falta de lenguaje, aquel pasado remoto había quedado en el olvido. Hoy el conocimiento científico y miles de huesos petrificados, extraídos a varios metros de profundidad, comunican a nuestra mente la información que cada una de nuestras células ya llevaba consigo: una historia que se vivió intensamente, que se cuenta con pasión y que se seguirá contando, si lo permitimos y si se nos permite, por otro largo e insospechado período relativo de nuestro universo.  

 

Por:

Enrique Agraz 

 

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Nota: El presente artículo es producto de una investigación documental, pero también de una labor de integración de quien lo escribió. La secuencia tal cual se describe pudiera ser diferente, y mucho de lo que se dice son inferencias realizadas a partir de estudios del material fósil. Conviene revisar las fuentes primarias.

 

Bibliografía

 

1.Curso en línea. Introduction to Human Evolution impartido por el profesor Adam Van Arsdale del Wellesley College.

2. Lovejoy, O.. (2009, octubre 02). Reexamining Human Origins in Light of Ardipithecus ramidus. Science, 326, 74-74e8. (Esta conducta también se observa en chimpancés).

3. Pontzer, H. (2012) Overview of Hominin Evolution. Nature Education Knowledge 3(10):8

4. Hart-Davis, A.. (2015). History. Hong Kong: DK .

5. Kiverstein, J.. (Nueva York). The Routledge Handbook of Philosophy of the Social Mind. 2017: Routledge.

 

Referencias de imagenes

-La primera sin número es una representación imaginativa de la Edad de Piedra por Viktor Vasnetsov

1. Título:Ardipithecus ramidus („Ardi“), complete skeleton. Own drawed remake of p.36, "Science" of 2nd October 2009.

Autor: Tobias Fluegel

Atribución: Tobias Fluegel / CC BY-SA (https://creativecommons.org/licenses/by-sa/3.0)

2. Título: Natural History Museum, Vienna ( Austria ). Model of a male Australopithecus afarensis.

Autor: Wolfgang Sauber

Atribución: Wolfgang Sauber / CC BY-SA (https://creativecommons.org/licenses/by-sa/4.0)

3. Título:  A model of the face of an adult female Homo erectus, one of the first truly human ancestors of modern humans, on display in the Hall of Human Origins in the Smithsonian Museum of Natural History in Washington, D.C.

Autor: reconstrucción por John Gurche; fotografiada por Tim Evanson

Atribución: reconstruction by John Gurche; photographed by Tim Evanson / CC BY-SA (https://creativecommons.org/licenses/by-sa/2.0)

4. Título:  Homo heidelbergensis reconstruction, origin unclear, apparently on exhibit at the Atapuerce site in 2005.

Autor: José Luis Martínez Alvarez

Atribución: Jose Luis Martinez Alvarez from Asturias, España / CC BY-SA (https://creativecommons.org/licenses/by-sa/2.0)

5. Título:  Ricostruzione di Homo sapiens del neolitico.

Autor: Matteo De Stefano/MUSE

Atribución: MUSE / CC BY-SA (https://creativecommons.org/licenses/by-sa/3.0)

 

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