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Evolución de la humanidad y su dieta (Segunda Parte): De la invención de la agricultura al medievo

August 22, 2019

El gallo comenzó a cantar. Las melódicas ondas sonoras retumbaron en su tímpano y provocaron el despertar de su consciencia. Se levantó sacudiendo las ásperas fibras de paja de sus prendas y cabello. Después de orar y persignarse, salió de la fría y oscura habitación de piedra que fungía de morada a los sirvientes del castillo. En el patio central vio como ordeñaban el ganado mientras otros alimentaban a los sabuesos. Expresaba afecto por los caninos, pero en el fondo los envidiaba por su privilegiado horario dietario. Aunque su organismo solicitaba varias ingestas al día, las personas de su tiempo, salvo enfermos, niños o embarazadas, solían esperar hasta después de misa para ingerir una ligera comida. Siendo el crepúsculo la ocasión destinada al plato fuerte. La Iglesia decía que era cuestión de glotonería ignorando que la curiosa costumbre databa del ideario del colectivo del Imperio Romano.

 El senescal anunció la llegada de las provisiones. El siervo se acercó para tomar la harina de trigo recién amasada en los molinos que transformaban la fuerza hidráulica en mecánica; y la novedosa presentación de cerveza basada en la receta bávara con flores de lúpulo. Ambas destinadas a la elaboración de las indispensables piezas de pan, eje de la dieta del hombre medieval.

 

La dependencia en una limitada fuente de alimento se repetía al mismo tiempo en otras regiones del mundo que a él le eran desconocidas: Mesoamérica con su maíz, Asia Oriental y el arroz, por mencionar algunas. La raíz de este fenómeno se remontaba al final de la última glaciación del Pleistoceno, hace aproximadamente 10,000 años, cuando el homo sapiens había migrado ya a casi cada rincón del planeta. Las condiciones favorables del clima permitieron que en distintos puntos cercanos al Ecuador florecieran una amplia variedad de granos como el trigo, centeno, cebada o el citado maíz. El inicio de la agricultura se dio probablemente de forma fortuita, cuando los hombres del neolítico observaron que la siembra de las variedades más grandes, de crecimiento más rápido y con intervalo para la cosecha más largo, producían descendientes de sus mismas características. Entonces prosiguieron a desviar ríos y a deforestar amplias regiones de tierra para multiplicar sus preciados retoños.

 

Al centrar su atención en el cuidado de los sembradíos dejaron cada vez más de lado la caza por lo que se vieron orillados a practicar el cautiverio de animales y de cruzar a los más dóciles con el fin de domesticarlos con propósitos de sustento, carga y vestido. Fue así que el hombre pasó de ser un primate bastante peculiar a un ente manipulador del entorno y su genética, que desafiaba a la misma madre naturaleza.

 

La abundancia los motivó a abandonar su milenario estilo de vida, libre e itinerante, con lo que se congregaron en las inmediaciones de estas plantaciones. Surgieron las primeras aldeas que, con la consecuente explosión demográfica, evolucionaron prontamente a ciudades. En seguida las redes sociales se volvieron exponencialmente complejas, la creación de jerarquías con élites reinantes que aprovecharon el instinto religioso del hombre para legitimar su posición.  Nació la economía, incitadora de terribles guerras y conquistas, aunque también promotora por su carácter de intercambio, de fructíferas manifestaciones culturales como la escritura, el arte, las matemáticas, la ingeniería y otras tecnologías.

 

En términos universales se podía hablar de una expansión, pero en lo cotidiano de un detrimento en lo que respecta a su aparente seguridad alimenticia, pues no estaban exentos de plagas, heladas o sequías, aunado al oportuno acaparamiento de los recursos por las nuevas personalidades alfa y su séquito. Tristemente pasó el promedio de la población de una dieta rica y variada a una monótona y clasista fuente de alimento. Las clases pobres desarrollaron variedad de anemias, escorbuto y pelagras secundario a déficits nutricionales; mientras que la cornucopia del minúsculo grupo de ricos derivó en gota y hepatopatías.

 

Nuestro siervo encontraba su diaria consolación en la celebración de la misa. Cuando en el momento de la comunión, viraba su mirada al vitral con la imagen de Jesucristo y sus apóstoles en la última cena. Aunque el pan y el vino que el consumía no eran sagrados, sí que eran de la misma apariencia que aquellos del pasaje bíblico. El exceso de pan y vino en las mesas resultaban tener un debido motivo, así como la prohibición del consumo de carne roja en ciertos tiempos litúrgicos, que él en cierto modo le iba y le venía pues cuando ocasionalmente le tocaba un pedazo, una salazón en su boca tenía y un rancio aroma percibía.

 

Las evaporaciones de su cuerpo habían estado concentrando su sangre. Los sensores de estos cambios en el hipotálamo habían señalizado al hipocampo para que emitiera un recuerdo de sabor salado y le ayudara a intensificar su sed. En lo que la hormona vasopresina disminuía la producción de orina. Cuando hubo terminado la misa, corrió a tomar unos tragos de cerveza, bebida preferida de la época por su bajo costo, potencial embriaguez e hidratación sin riesgos de enfermedad. Por supuesto que el agua de los pozos y algunas corrientes eran limpias pero el hábito cervecero estaba ya muy arraigado en el reino.  La llegada del etanol a su cerebro indujo liberación de dopamina, un mensajero químico vinculado al placer, lo que hizo más llevaderas las largas horas de trabajo que le sucedieron en la cocina.

 

La atmósfera era humeante y caliente por los numerosos fogones ubicados a un costado de la amplia habitación. El espetón se giraba para asar el jabalí que había cazado esa misma tarde el señor del castillo. Los calderos hervían los potajes de verduras que desprendían un olor más agradable que el de la mesa de los pescados de río, junto a la cual una criada desplumaba al que había sido un bello cisne. En frente, las cocineras más experimentadas preparaban postres de mazapán, edulcorados con terrones de azúcar provenientes del reino de Castilla pues los musulmanes habían introducido el cultivo de su caña en aquellos lares. Lo más preciado eran las especies: pimienta negra, azafrán y canela, de tierras aún más lejanas de Oriente. Se resguardaban en un cofre bajo llave por su alto costo de importación, el cual había disminuido desde que el heraldo comunicó de la toma cristiana de Tierra Santa. Ahora los nobles solicitaban se utilizaran con mayor frecuencia en sus platillos sin importar la época del año, ya que antes se reservaban para la escasez del invierno pues era cuando el sabor de la carne pasada les era, con toda razón, de gran disgusto.

 

Después de ayudar a repartir las tajadas de pan que funcionaban como platos en las mesas, se sentó en el extremo de una para comer su correspondiente ración de potaje, unas cuantas legumbres, un tanto de vino de dudosa calidad y su tajada de pan en salsa de cebolla. Suspiraba al ver la llegada de cada estación de deliciosos platillos a la mesa del señor y su familia, los que irónicamente se había comido con los ojos al estar ayudando en su preparación.

Prendió algunas de las velas de aquel gran salón y al poco rato los comensales pasaron a retirarse. Una vez se dieron por terminadas las labores de limpieza, regresó a su estancia con el resto de la servidumbre. Posterior a recitar sus oraciones se quedó meditando un rato ¿Cómo podía alcanzar algún día el estatus de la nobleza y degustar de los grandes banquetes? Aspiraba a convertirse en caballero y se le concedieran tierras por sus victoriosas batallas, pero después de darle muchas vueltas a unos planes que no lograban sostenerse concluyó que para vivir una vida de lujo tenía que haber nacido en ella. Él era hijo de campesinos, lo mismo que de nadie, pensaba él. Su señor era hijo de algo, pues se ufana ser bisnieto de rey, aunque dicen es nieto de bastardo, lo que pone en entredicho lo primero. Quizá consistía en que algunas personas por sus acciones gozaban más del favor de Dios. Por ello seguiría guardando el ayuno sin protesta, llegaría puntualmente a misa y rezaría sus oraciones como todo buen cristiano ¿Qué tal si en el futuro se presentaba cual romántico caballero y lograba conquistar el corazón de la hija de su señor? Y fantaseando se adentró al mundo de los sueños…

 

Continuaremos el relato con los descendientes de este siervo y la hija del panadero.

 

Por:

Dr. Enrique Agraz Villarreal

 

Para ver la primera parte da clic al link aquí.

 

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