© 2017 por Enrique Agraz

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Cuando mi antepasado conoció "Los Pinos" de su tiempo (hace 150 años)

December 15, 2018

Con toda la algarabía que supuso hace unos días la apertura al público de la otrora residencia presidencial de los Estados Unidos Mexicanos. Recordé haber leído un suceso de contexto similar, que mi trastatarabuelo Abraham A. Agraz dejó registrado hace casi 150 años.

 

En este caso “Los Pinos” fue el Castillo de Chapultepec. Otro lugar emblemático que principió su función palaciega con Maximiliano de Habsburgo y Carlota Amalia de Bélgica, durante casi 3 años hasta 1867. Fue en aquella época, exactamente en 1872, cuando mi antepasado Abraham realizó un viaje de negocios desde Jalisco a la Ciudad de México y tuvo la oportunidad de visitar el Castillo, que aún pasados cinco años deslumbraba esa esencia imperial.

 

Desconozco hasta qué punto estaba permitida su entrada general (mi antepasado describe dos días antes que obtuvo una tarjeta de autorización del Gobernador de Palacio), pero el hecho de que un ciudadano que trabajaba largas jornadas y que vivía a más de 600 kilómetros, se paseara por la construcción más aristocrática de su momento me parece tan impresionante como ahora.

 

Incluyo a continuación un fragmento de aquella travesía que relata  con sumo detalle en su diario, memorias que se conservan gracias a la transcripción y publicación de su contenido en el libro titulado “Cómo se viajaba en México hace cien años” (1972) por mi tío bisabuelo Q.E.P.D. Gabriel Agraz García de Alba.

VIERNES 4 DE OCTUBRE DE 1872

 

[…] Nos dirigimos a la estación del ferrocarril para ir a Chapultepec; tomamos los boletos para Tacubaya-porque en Chapultepec no hay estación-,los que valen medio real cada uno en 1ª. clase, y a poco llegó el tren; montamos y llegamos a donde está la máquina.

 

Desengancharon las mulas y engancharon el tren a la máquina, y así llegamos a la estación que está un poco más allá de la entrada al célebre “Bosque y Palacio de Chapultepec” y nos dirigimos a la entrada que es una puerta grande. Por la calle principal entramos al bosque y llegamos a donde está una bomba que sube el agua al palacio por sí misma. Esta agua parte de la gran toma que viene a la ciudad, y sale de una alberca u ojo de agua ademado y con barandal, que está en el mismo bosque cerca de donde se encuentra la mencionada bomba que, como he dicho, sube por sí misma el agua a la altura de más de 50 varas a que estará el Palacio, en virtud de un bonito mecanismo.

 

Seguimos la misma calle internándonos en el bosque que se compone en su totalidad de ahuhuetes, siendo de los mismos que el de Popotla, célebre por haber llorado bajo él, Cortés, la noche que salió vencido de nuestra hermosa Tenoxtitlán. Hay junto a la calle y calzada uno de estos árboles muy extraordinario por su tronco, pues tiene una circunferencia de 15 a 18 varas; un poco más allá están, a la izquierda, otros también muy corpulentos en donde se sabe por tradición que lloró Moctezuma cuando lo apresó Cortés.

 

Seguimos y llegamos a un sitio en donde iba a fabricar Maximiliano una casa de campo y un cenador, en donde hay una espesura de árboles que, como todos los del bosque, llevan colgando con profusión en todas sus ramas un heno muy fino, lo que les dá un aire más pintoresco y hace recordar los árboles que nos refieren que adornan en Alemania la noche de Navidad.

 

Continuamos por el pié del cerro en la cima del cual, a unas 60 varas, está el Palacio lo que le da un aspecto, el más bello que puede haber. Llegamos a una gran gruta, desde la que sigue un estrecho pasillo que conduce al patio y jardín central de Palacio. Seguimos dándole la vuelta al “cerro” caminando por una de las subidas que tiene unos pilarcitos y una cubierta de travesaños de madera de los que cuelgan porciones de heno.

 

Llegamos a una gran puerta de fierro muy bonita por sus adornos y que estaba cerrada; entonces salvamos un balaustrado de mampostería que es bajo, y entramos a un jardincito en el que hay algunas flores, entre ellas muchas malvas de castilla. Existen allí unas piezas y corredores inconclusos y en toda esta parte hay barandal de fierro.

 

Seguimos por una calle estrecha hacia la entrada, en donde está otro puerta por el estilo de la primera, la que franqueamos por estar abierta. Sigue un semicallejón en el que hay algunos arbolitos de gigantes; a la izquierda está una pequeña puerta a la que tocamos y en voz alta dijimos que traíamos tarjeta; salió un mozo y dijo que pasáramos con la esposa del Conserje; así lo hicimos siguiendo de frente hasta donde está su habitación.

 

Don Justo le presentó la tarjeta en que se le pedía que nos permitiera ver el Palacio; entonces la señora nos acompañó, abriendo en primer lugar, la antesala que está toda tapizada de rica alfombra; hay sofás y sillas forradas de damasco, en las que nos sentamos; hay espejos muy buenos. En la pieza que está al lado estaba el baño de Maximiliano que era una tina de plata, la que se llevaron a Palacio; la que hay ahora es de zinc, que está cubierta con hermosa pieza de madera con tallas.

 

Luego pasamos a la sala muy ricamente alfombrada con hermosos espejos a los costados y cabeceras; un bonito piano de cola, a un costado; un magnífico sofá y sillones a los lados, con sillas en toda la sala forradas de…con algunas estufas de mármol.

 

Pasamos a las recámaras que ocupaban Maximiliano y Carlota, todas amuebladas y tapizadas como las anteriores, estando otra pieza de baño. Salimos al jardín por el corredor que tiene pinturas muy buenas. El techo es de zinc barnizado y las columnas de fierro; por el lado del jardín hay una hilera de estatuas de bronce vaciadas, muy perfectas y naturales de hombres y mujeres.

 

Llegamos a ver la fuente que está en el centro del jardincito que se compone no más de flores. La mencionada no tiene en sí nada notable si no es los pececillos de colores distintos muy raros y hermosos que tiene; el agua que de ella sale, viene de la que sube la ya mencionada bomba a una altura de más de 60 varas. A esa bomba, lo mismo que a todas las de su clase, les llaman “movimiento perpetuo”.

 

Luego subimos por una escalera de caracol la que es de madera y tiene paso al mirador, que está compuesto de varios cuerpos con puertas vidrieras; el principal tiene su balcón y en el centro, la base para el asta en donde se enarbola la bandera nacional. Desde este último piso se domina todo el hermoso Valle del Anahuac, viéndose a lo lejos la bella “Tenoxtitlán” antes, hoy, México, y sembrados aquí y allá más de cien pueblecillos y multitud de casas de campo con hermosas arboledas, lo que nos encantó sobre manera.

 

Bajamos al jardín y de allí al Departamento que ocupa el Conserje, que no tiene nada de notable, y antes vimos el comedor que es un gran salón con dos aparadores sencillos; a un lado está la cocina que no tiene nada que llame la atención.

 

Nos dirigimos hacia la salida y bajamos por una ancha calzada, enlozada hasta el bosque, pasamos la puerta última en donde está siempre una guardia, y salimos al camino tomando la vía del ferrocarril; luego nos dirigimos a ver los baños de Amor Escandón, lo que fue de lejos.

 

Volvimos a la estación donde esperamos el tren, que a poco llegó de Tlalpan montamos a la once y minutos y, antes de las doce, desmontamos en la estación del Jardín 5 de Mayo. Nos separamos de Padilla y Merino y volvimos al hotel. Los muchachos salieron a comer y yo a poco rato, reuniéndonos en el hotel Gillow en donde comimos.

 

Luego fuimos a la plaza deteniéndonos en una armería, donde estuvimos hasta las tres por estar lloviendo, y volví al hotel ocupándome en escribir estas notas […].

 

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